
Considero oportuno incluir ahora una anécdota que hace poco leí en un libro no muy conocido titulado “Los sitiados de los sitios”. En ella se transcribe cómo cercados en una casa del Coso una decena de hombres llegados a Zaragoza desde los campos cercanos discuten sobre las órdenes que el General Palafox les hace llegar. Uno de ellos, tal vez Venancio Savirón cuentan que le dijo al teniente encargado de la guarnición:
- Para solucionar esto sólo hace falta una cosa. Cojones. Y aquí están los míos.
La escasa decena de hombres se lanzó al encuentro de un batallón francés que entraba entonces en la ciudad.
Desde el otro lado se cuenta así aquella escaramuza:
“Cuando vimos salir de aquella casa en ruinas a esos diez hombres armados con mosquetes y cuchillos nos invadió la perplejidad (quien así lo dice es el Capitán Turegnac que comandaba la división de soldados galos). No parecían sino bestias cargando contra nosotros. Mis coraceros curtidos en la lucha con los aguerridos jinetes polacos dudaron un momento ante semejante furia y esa duda hizo que muchos de ellos cayesen acribillados o acuchillados. Aquellos no eran soldados comunes pues estaban imbuidos de un espíritu encendido que les hacía valer por tres. Tantas fueron las bajas que inflingieron a mis soldados que lograron acercarse a mis posiciones y cuando yo mismo maté al último de esos hombres (seguramente el propio Savirón) sentí pena ante semejante pérdida. Su arrojo me hizo pensar en que tal vez la razón estuviese de su parte.¡Qué valor!”
Recordad Defensores ¡somos pocos pero no poquitos!
¡GRIS Y AMARILLO…!



